Ocurre que la mayoría abrumadora de los emprendimientos realizados y en curso, tanto en la Ciudad de Buenos Aires, con sus torres y sus edificios entre medianeras, como en el nuevo Gran Buenos Aires, a puro condominio y viviendas unifamiliares, comparten un rasgo común: se han emplazado sobre suelos aluvionales, de reciente acumulación.

Toda la faja capitalina que va desde el Retiro al Norte, pasando por Recoleta, Las Cañitas, Palermos Varios, Belgrano y Nuñez, se asienta sobre terrenos con mayoría de limos arenosos y napas de agua altas, que las obras nuevas necesitan bajar para hacer posibles sus fundaciones y subsuelos.

La diferencia entre la cota de esa napa de agua, y la del nivel determinado, desde 6m hasta 15m en algunos casos, se realiza disponiendo en el terreno las bombas depresoras que extraen el agua y la vuelcan a la via pública, sobre las cunetas donde la vemos correr a diario por las nuevas obras.

Mantener deprimido el lote en cuestión, es lo que permite trabajar sin la invasión del agua, y se realiza bombeando permanentemente y extrayendo dicha agua, que se observa casi siempre con el típico color chocolate de los suelos del Rio de la Plata. Y porque agua con color de tierra? Porque junto con el agua, la obra también extrae suelo. Propio y ajeno.

La parte mas fina de los suelos, compuesta por limos, es arrastrada por la presión de succion de las napas, alterando irremediablemente la composición de los suelos. Y no solo eso, la diferencia de profundidad entre la cota real de la napa y aquella a la que se la fuerza a mantener durante la obra, no solo ocupa el lote de la obra, sino que conforma un llamado cono de depresión, a modo de embudo, que involucra también los lotes vecinos y a veces, de veredas opuestas.

El suelo, alterado por la extracción de agua, y los limos arrastrados en dicho bombeo, ha cambiado definitivamente sus características, ya que el conjunto suelo-agua, que era el responsable de la sustentación de las construcciones existentes, se ha modificado por la extracción de partículas, que la reposición natural de la cota de la napa al cesar el bombeo no repondrá.

Es aquí cuando empiezan a manifestarse en los lotes linderos los síntomas de los daños: las rajaduras en los subsuelos, las roturas de capas aisladoras, las súbitas desvinculaciones de los edificios respecto de construcciones anteriores, la rotura de instalaciones enterradas, la fisuracion de los pisos de frente a fondo, coincidiendo matemáticamente con el calce de las submuraciones.

Cuando esto ocurre, y se halla recurrido al empleo de los pilotes de tracción definitivos ya comentados, el problema se habrá agravado, puesto que a los daños por la invasión, se le sumaran los derivados de la alteración en el equilibrio de cargas de la obra preexistente, generalmente en zonas bajo la cota cero, obligando a costosas reparaciones.

Hay que aceptar entonces, las características propias del terreno, que no se puede alterar sino a riesgo de provocar una reacción en cadena de daños, motivada en la falta de control de tareas, que aunque sin poner aun un solo ladrillo, pertenecen a la responsabilidad del Director de Obra. Y que suscriben el Proyectista y el Ejecutor Estructural. Ya que las obras provisorias, son también obras, dentro de la principal.

Y cuando paseen por toda esa zona de Buenos Aires, retengan esto: el Brigadier General Don Juan Martin de Rosas, navegaba en su barco por la actual Av. Del Libertador, cuando nadie imaginaba el desarrollo actual, realizado sobre zonas de relleno puro en los otrora pajonales de la ciudad, que terminaban en la barranca natural, (la que nunca se inundaba) sobre la que se fundó Buenos Aires.

Los bajos VIP (por precio y ubicación) del Area Metropolitana deben entonces, ser observados con detenimiento al proyectar y realizar las obras de fundaciones y subsuelos, para que no cambien súbitamente su denominación, aunque de todos modos, sigan manteniendo su sigla, más ya no su contenido, al convertirse en Very Important Problems.

 

Arq. Marcelo David Almuina